Las mujeres, entre la política y la rosca

Empezar a militar es una experiencia apasionante. Sobre todo para las que crecimos rodeadas de gente que trató de convencernos de que nada puede cambiar y no vale la pena intentarlo. La participación política nos alimenta y nos hace crecer;  resolvemos problemas y encontramos otros nuevos.  Gracias a las movilizaciones masivas de los útlimos años, muchas mujeres, lesbianas, travestis y trans pudieron sumarse a la militancia feminista.

Es importante que en el entusiasmo, no nos olvidemos que militar también es ponernos a prueba. De cómo entendamos esa prueba depende el resultado de nuestras acciones. En política demostramos a cada paso de qué estamos hechas, y no siempre nos encuentra preparadas para lo que descubrimos. Para transformar la realidad tenemos que estar dispuestas a revisarnos y transformarnos a nosotras mismas.

Un aprendizaje fundamental para mí fue entender la diferencia entre la política y la rosca. Es complicado porque, para muchas personas, la política es la rosca. También es importante aprender a saber cuando tratamos con personas que piensan así. Con el tiempo una aprende a darse cuenta, pero hay que estar atenta.

Desde el punto de vista militante, la política es la participación efectiva y significativa en la toma de decisiones comunes. Por otra parte, la rosca vendría a ser la disputa del poder de decisión. En términos prácticos, la rosca es una parte casi inevitable de la participación política. Pero desde una perspectiva feminista, no alcanza con disputar y ejercer el poder: necesitamos nuevas lógicas de participación.

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Entender la rosca puede ser útil. En la práctica política se necesita lograr consensos y mayorías, hacer acuerdos, negociar. También hay que saber lidiar con quienes juegan sucio. La cuestión es si todo esto va a estar enmarcado en una ideología que delimite lo aceptable de aquello que no lo es, y si la rosca va a estar al servicio de objetivos colectivos o bien individuales. En definitiva, si vamos a entender la rosca como un medio o como un fin. Si vamos a ocuparnos de que nuestra voz se escuche, o si nos interesa que todas escuchemos todas las voces.

En una asamblea feminista participan mujeres con ideas y visiones del mundo muy diversas. Las diferencias entre las asambleas que se conforman como espacio de disputa y las que se conforman como espacio de construcción son abismales. Algunas, por no haber conocido espacios de construcción sólo saben funcionar en forma de disputa, o sea, en la rosca. Construir poder democrático es mucho más difícil y menos inmediato que organizarse para insertar un punto de vista en un espacio político. Si se pierde de vista esa construcción, la rosca se vuelve fácilmente herramienta de los antojos personales o sectoriales.

La clave es volver al inicio: que se escuchen todas las voces. Que la toma de decisiones no sea una disputa sino una construcción colectiva o, en el peor de los casos, que sea ambas. Por supuesto que puede parecer utópico, en especial cuando se trata de temas graves y urgentes.  Sin embargo no sólo es posible: es necesario, y cada vez más urgente en sí mismo. La forma en que construimos nuestro poder define también la legitimidad de ese poder.

No es el poder lo que corrompe a las personas, sino obtenerlo o ejercerlo de formas ilegítimas. En democracia, esto significa todo poder político que no se utilice con la mira puesta en el bien de todas y todos. Según nuestro lugar en las jerarquías de la opresión, todas ejercemos algún tipo de poder ilegítimo sobre otras. Por eso debemos estar siempre alerta, primero de todo a nosotras mismas, y en segundo lugar a la manera en que todas construimos el feminismo en cada momento.

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Para crear un espacio donde se trabaje permanentemente la igualdad de participación, hay que intentar revertir la pirámide de poder. Es decir, dar mayor espacio a las personas que menos voz y oportunidades tienen en la sociedad. Claro que algunas lo verán como otra oportunidad más de rosca, de figurar en el ranking de las excluídas o de disputar la voz buscando sólo posicionare a sí mismas y sus propios reclamos. Esto no significa que vayan a tener éxito, o que no se pueda hacer nada al respecto, por el contrario, el primer paso es prevenirse.

Por otra parte, quienes creemos en vivir como pensamos y en militar poniendo el corazón, tenemos que trabajar. No sólo para incluir activamente a las mujeres pobres, las migrantes, las travestis, las prostituídas, las presas, las sobrevivientes de violencia, sino para lograr su protagonismo y liderazgo. Nos toca aprender a ceder espacios que nos ha costado construir, en beneficio de aquellas que ni siquiera pudieron estar con nosotras para construirlo. Esto requiere humildad, solidaridad y sobre todo, trabajo diario.

En los tiempos que vienen nos toca aprender a cuidarnos, a construir sin destruirnos, a crear espacios impulsados desde la creatividad en lugar de la competencia. Muchas veces como mujeres debemos alzar la voz, pero en nuestras asambleas no podemos darnos el lujo de sólo escuchar a las que hablan fuerte o bonito. Cuando gana la rosca, gana la batalla de los egos y la lucha colectiva pierde dimensión. Cuando gana la construcción, en cambio, los acuerdos colectivos y el respeto mutuo quedan por encima de los egos, aunque por supuesto es un trabajo permanente.

En esta encrucijada nos encontramos las mujeres, lesbianas y travestis al comenzar el 2018. Nuestro desafío para este año será sostener y fortalecer nuestra resistencia. Nos deseo a todas no olvidar nunca que el sueño es colectivo.

¡Feliz año para todas, y buena lucha!

 

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