Sobre el rating, el feminismo mediático y las revoluciones televisadas

En mi columna “Las Empoderadas” del domingo 4 de febrero, expuse mis pensamientos sobre el reciente desembarco del feminismo en uno de los programas de chimentos más visto de la televisión. También algunas reflexiones sobre qué podemos esperar y qué corresponde exigir a los machos que pretenden tomar la posta.  Ahora me gustaria compartir las impresiones que me dejaron algunas notas periodísticas que buscaron echar luz (o sombra) sobre estos hechos.

¿Puede el rating ser feminista?

Me entusiasmó el título provocativo “El rating es feminista”, por María Florencia Alcaraz en Revista Anfibia. El rating es una herramienta que se usa principalmente para negociar el valor de la publicidad en la televisión. Me interesó encontrarme una estrategia para utilizarlo en favor del feminismo. Sin embargo, la autora no desarrolla este concepto más que brevemente: “El rating hoy es feminista porque es 2018. La revolución de las mujeres, lesbianas, travestis y trans ya está en marcha (…)”. Y más adelante: “El conductor de Intrusos, nos guste o no, se vuelve el gran auscultador de la época. Rial le pone el estetoscopio a la calle y funciona: 3.9 de rating el lunes, 5.0 el martes y 4.3 el miércoles(…) El rating se mantuvo -y hasta subió- comparado con otras mediciones del mes.”

Tal vez la intención fue decir que el feminismo “dio rating”, lo cual sería acertado en mi opinión. Eso nos lleva a la pregunta inicial, ¿puede el rating, una herramienta corporativa de medición de bolsillos y de egos televisivos, manejado por unas pocas empresas oligopólicas en un mercado hiperconcentrado de medios dominados por varones y centralizados en Buenos Aires, ser en sí mismo feminista? Como mínimo, debemos estar alertas. Una cosa es dar batalla en el terreno mediático masivo, y otra muy distinta es normalizar sus lógicas de mercado.

No es lo mismo llegar a una audiencia masiva que cotizar alto en los medios. Aun si se dan ambas en simultáneo, es importante de qué lado nos paramos nosotras. Acá otra vez se presenta la dualidad entre estrategia política y táctica de márketing. Retomo esta idea de mi primer artículo del año: “En términos prácticos, la rosca es una parte casi inevitable de la participación política. Pero desde una perspectiva feminista, no alcanza con disputar y ejercer el poder: necesitamos nuevas lógicas de participación”. Esto aplica, por supuesto, a los medios de comunicación masiva.

Alcaraz se muestra optimista en que el feminismo llegó para quedarse al horario de la tarde. En una nota sorprendentemente digerible para La Nación, Víctor Hugo Ghitta coincide en la importancia de llegar a la audiencia masiva a toda costa, pero cuestiona que el “rating feminista” sea un hecho instalado. Lo resume el título, algo trillado: “Es el rating, estúpido”. Entre una fingida neutralidad y guiños a la audiencia, el autor busca cuestionar la sinceridad de “dar lugar a la militancia feminista” en la televisión. Ghitta se dirige  a los varones, les recuerda con complicidad que sólo nos den lugar si es redituable a sus juegos de fama, plata y poder.

¿Banalización o masividad?

“Apostemos al efecto dominó” se titula la nota de Soledad Vallejos en Página 12. La propuesta resulta atractiva, pero engañosa: el artículo se centra en otros temas, como el concepto de banalización. Lo describe de esta manera: “se aplica con tono de protesta cuando alguien saca del ghetto lo que desde hace años se habla entre convencidos, con palabras en común, en espacios protegidos”. Este sentimiento refleja el de Alcaraz, que lo dice aún más conciso: “Ya no nos hablamos solo entre nosotras”.

Se plantea así una división entre las “feministas del ghetto” y las “feministas del rating”. La apuesta se va redoblando. Escribe Florencia Alcaraz: ” Y si queremos que el feminismo llegue a más hay que asumir los riesgos, hay que sentarse en el sillón de Intrusos y que escuchen las pibas en los barrios, las mujeres que están mirando(…) ” . Vallejos aclara en un paréntesis: “En 2015, con #NiUnaMenos, la banalización llevó la convocatoria a la mesa de Mirtha Legrand y el programa de Marcelo Tinelli, cuyos públicos muy posiblemente no estuvieran acostumbrados a pensar en y sobre violencia machista.”

La banalización, sin embargo, no es lo mismo que la masividad, ni una consecuencia inevitable de la misma. Banalizar un tema no es meramente llevarlo a un programa de televisión que no “esté a la altura” del tema propuesto. Banalizar tiene que ver con abordarlo de una manera superficial, irrespetuosa o despectiva. Y entre los riesgos que hay que asumir cuando se enfrenta una audiencia masiva, se encuentra la banalización.

Así lo comprende la nota de La Tina “La revolución feminista ¿será televisada?”: “La banalización es un riesgo que podremos ir analizando(…), en este caso tenemos algunas mejor situadas en el campo de las violencias machistas: mujeres heterosexuales, blancas, exitosas, con gran capacidad de consumo.(…) no podemos dejar de inquietarnos cuando tenemos una historia de la lucha feminista signada por un feminismo hegemónico que equiparó “mujer blanca” a “mujer” obviando a grandes sectores, y haciendo invisibles las intersecciones de raza, clase, nacionalidad, géneros.”

Esta defensa de la estrategia mediática, el equívoco entre banalizar y masificar, la alusión a un feminismo cerrado sobre sí mismo, van construyendo la propia posición de las feministas mediáticas hacia adentro del movimiento de mujeres. El “feminismo del ghetto” es el feminismo militante, el que sin acceso a los medios masivos se abrió camino en casas, barrios, organizaciones y corazones. Hay una cierta mofa en hablar de “espacios protegidos” cuando ha costado trabajo y sufrimiento construirlos, y son muchas veces el último y único refugio de las más golpeadas. Otros espacios, como los Encuentros Nacionales de Mujeres, distan mucho de se ghettos, aunque su masividad no iguale a la audiencia televisiva.

El entusiasmo por habernos entrometido en el rating de la tarde no debe hacernos olvidar el hecho de que sin ese “feminismo del ghetto” no tendría sustento ni sustancia el feminismo mediático. Sin las mujeres, travas y lesbianas trabajando silenciosa y humildemente todos los días, las señoras que se descubran en situaciones de violencia gracias a la tele, no tendrían a quién recurrir.

La revolución no será televisada  (no insistan)

La política feminista maneja ritmos y tiempos muy distintos de la política tradicional, y muy diferentes del frenesí mediático. Pero eso no significa que no llegue a los barrios, a las doñas, a las cárceles, o que se cierre en sí mismo. Los medios masivos brindan acceso a las grandes audiencias, pero tenemos que construir una manera diferente de informarnos. Necesitamos mejor calidad de trabajo en el precarizado mercado periodístico. También, y principalmente, necesitamos descentralizar y generar medios con grandes audiencias por fuera de la Ciudad de Buenos Aires.

Las feministas profesionales de la comunicación han luchado y resistido por años para abrirse paso. Muchas resistimos en los medios alternativos y comunitarios, son las menos las que llegan a los medios nacionales. “Que el feminismo entre por la televisión a los ámbitos domésticos donde todavía son relegadas las identidades femeninas. Género y clase se intersectan en la audiencia predilecta de Intrusos e interpelan al sentido común.” expresa Alcaraz. En el colmo de la ironía, en el mismo texto afirma “La revolución  ya está en marcha y será televisada.

“The revolution will not be televised” es un poema-canción ícono de la lucha negra en los 60 en Estados Unidos. El título se reutilizó en español para el documental sobre el fallido golpe de Estado contra Chávez en 2002 “La revolución no será televisada”. En su contenido original, la frase no hace meramente referencia a que los medios masivos no muestran la violencia contra los excluídos.

No podrás quedarte en casa, hermano
No podrá enchufar, encender ni desconectarte

Así comienza una de las criticas más hondas y sentidas a la cultura del espectáculo. Ya cerca del final, agrega:

La revolución no regresará enseguida después de un mensaje
Acerca de un tornado blanco, un rayo blanco o personas blancas (…)
La revolución TE PONDRÁ en el asiento del conductor
La revolución no será televisada

La revolución no se concreta al entrar en las casas de todo el país desde el living de un estudio de televisión en la Ciudad de Buenos Aires. Que es importantísimo, por supuesto. Pero la revolución está pasando fuera del alcance de los flashes, de las cámaras, y de la especulación publicitaria. Las feministas no podemos permitirnos que nos deslumbre el show mediático, ni mucho menos esperar participar de él sin rendirle cuentas a nadie. El feminismo es ante todo, responsabilidad.

La política y la rosca

Tal vez no intencionalmente, se revelan algunos intereses por detrás de los puntos de vista. Vallejos escribe: ” lo que pase con un tema, una vez vuelto masivo, va a depender de cómo se jueguen las cartas con el tema ya puesto sobre la mesa. Lo difícil siempre es el paso previo: llegar a la mesa.”. Como señala la nota en La Tinta, no cualquiera llega a sentarse a la mesa. ¿Y qué cartas se jugarán, y con qué estrategia? La mirada política requiere responder estas preguntas. La rosca más bien indicaría que la que llega, hace lo que quiere o puede, al igual que la lógica mediática competitiva.

Es comprensible que quienes pagaron el eterno derecho de piso femenino en los medios masivos quieran ser las que ocupen esos lugares, sin duda también con legítimas ambiciones propias. Pero no alcanza con consolidar la carrera de las profesionales feministas: necesitamos hacer de cada mujer, travesti o lesbiana una comunicadora de su propia realidad.  El público feminista es exigente, y con razón. Quedará en cada una intentar estar a la altura.

El nacimiento del feminismo mediático es un paso importante en la revolución, pero no es la revolución en sí misma. La revolución no puede ser televisada, porque para hacerla necesitamos desenchufar la televisión.

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